Alma de papel
- Dicen que si tiras algo desde el puerto de Algeciras, las corrientes lo empujan hasta las costas del oriente Mediterráneo.
Él la miró, con cara de escepticismo.
- ¿No acabarían en las costas de Marruecos, María?- corrigió. Ella se movió, inquieta.
- Espero que no… He tirado una botella que tiene que llegar a las costas de Egipto…
Él rió, pasando el brazo sobre sus hombros, con cariño, mientras ella pensaba con los ojos muy abiertos mirando al horizonte.
- No pasa nada. Le daremos otra botella a un barco que vaya a esa zona y arreglado…
- No, no, no…- murmuró María.- Era una botella especial, con mensaje…
- Bueno, pues introduciremos otro mensaje igual…- trató de calmar.
Ella se soltó de sus brazos, nerviosa.
- ¡No lo entiendes! Mandé mi alma escrita dentro de la botella para que descansara en paz en las aguas del delta del Nilo y así poder vivir tranquila en este maldito lugar…
…
Una breve columna de “sucesos” informó en el periódico: “Se ha hallado en la costa norteafricana, a la altura de Ceuta, el cadáver de una joven vecina de Algeciras, María S. P. Agarraba una botella en la que, al parecer, había inserto su nota de suicidio”.
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Al hilo del II reto de microrrelatos del Foro Nunca Jamás

Decía que tenía el corazón alicatao hasta el techo,
que a ver si no podía hacerle yo una cenefa a besos
pa llenar de porvenir los bolsillos del mandil
y colgar un recuerdo de cada azulejo,
y es que ná le da más asco que aguantar como un peñasco
a que pase el invierno,
que le diga que ya nos veremos,
que ha vivido en un silbido
orgullosa de haber sido una yegua sin freno,
desgastada de andar por el suelo,
le dije que a la noche por los poros me salían mares,
soñando que me hablaba y me agarraba a sus cuerdas vocales,
que no hay quien pueda dormir escuchando mi latir,
que parece que está masticando cristales,
tengo un gato en las entrañas, un tembleque en las pestañas
y muy poco tiempo,
si me dice que ya nos veremos,
voy rompiendo las persianas pa dejar por mi ventana
el camino abierto,
si se cansa de andar por el suelo,
pondremos el mantel, tu quédate a mi lado,
a comernos al amanecer lo que quieran las manos,
y de postre un sol maldito que termine de volverme loco,
que ya sabes que la luna a mí siempre me sabe a poco.