Llévame donde a aquel lugar donde no exista el dolor.
Resárcete en esparcir mis restos compunjidos y triturados en pequeños trozos.
Se que, al final, los encontraré para volver a pegarlos.
Quizás no ahora, ni la semana que viene, ni el año próximo, pero lo haré.
Llévame a ninguna parte, pero lejos.
Aléjame de la desidia del alma y el atolondramiento de las palabras.
Prohíbeme mirar donde no quiero hacerlo.
Dame la sabiduría que aun no tengo para distinguir entre ajenos y extraños.
Aléjame de ellos, extraños, y devuélveme a él.
Se me perdió una mitad de mi misma. ¿Recompensa? La felicidad.
No quiero ver sus caras felices.
Tan solo deseo regodearme de su dolor y calmar el mío.
Mal de muchos, consuelo de tontos. Y soy la reina de la tontería.
Pero todo eso me haría feliz, así que prefiero ser tonta mucho tiempo.
Necesito desencadenarme de él. Necesito apartarme de ella.
No quiero escuchar el sonido de sus besos.
No quiero volver a verla, solo quiero que él vuelva.
Sé que no va a volver, así que solo me queda esperar a marchar lejos...

reprimiendo los esfuerzos -a duras penas-
de no pensar en querer morir o matar...
Amistad se volvió palabra tricionera
de los labios desiguales que manan quietud
mientras, tranquila, te dejas llevar por la corriente
y yo solo quiero que los rápidos jueguen contigo...
Amor traicionó a la Cordura en un momento crucial
así que me he quedado varada en el camino
y ya no sé si mirar al frente o atrás...
Cómo?
Por qué?
Cuándo?
Dónde?
-demasiadas preguntas sin contestar-
En el silencio atronador que mata las palabras,
los fugaces recuerdos de tus clases magistrales
-esas que versaban sobre los valores que has traicionado-
no saben si invitarme a reír o a llorar
-aunque mis ojeras amoratadas me recuerdan
que no puedo escapar de la segunda opción-
¿Soy cruel?
Eso es lo que me dice él
¿Soy acosadora de palabras?
Eso es lo que se plantea
Realidad y ficción van fundiéndose al son de los lamentos
que se desvanecen entre las horas impertérritas...
Yo solo sé que llevo dos días temblando...
Yo solo sé que llevo un día entero llorando...
Yo solo sé que no puedo vislumbrar el final
de esta pantomima que parece que para mí está creada...
A pesar de todo, ¿sigues creyendo ser mi amiga?
Dime, ahora, ¿dónde cojones se ha quedado la amistad?
Porque si la amistad es causar el dolor ajeno,
de verdad que no la quiero...
Imagen: "Sissi" de Erwin Olaf, serie "Royal Blood"
El callejón estaba oscuro. Iraila miró a los lados, comprobando que la calle central e iluminada quedaba a pocos metros. Echó a andar, abrazándose a sí misma, protegiéndose del frío incipiente que la calaba hasta los huesos. Un leve crujido la hizo parar en seco. El instinto y el sentido común la empujaban a correr, pero se había quedado paralizada en el sitio. Ladeó la cabeza hacia donde provenía el ruido. Allí estaba, era él seguro, con el que había soñado la noche anterior.
- ¿Sabes distinguir una Sombra entre la multitud?- preguntó, dando un par de pasos hacia ella. Iraila se movió, inquieta.
- No entiendo… Las sombras viven de nuestros cuerpos… Sin nosotros, no habría sombras…- contestó, meditabunda, sin dejar de abrazarse. Era el mismo, pero no sabría reconocerle. Su presencia la incomodaba y a la vez la atraía. Pero no había visto su cara, siempre envuelta en la oscuridad.
- Así que no sabes…- dijo, altivo.- Si no sabes, yo te enseño…
El suelo comenzó a moverse, asustando a la joven. Él rió con desconsideración ante su miedo, mientras se fue agrietando el asfalto destruyéndose la calle.
Iraila se despertó sobresaltada. El autobús había entrado en la estación de llegada, provocando el repiqueteo y movimiento del suelo. Suspiró mientras quitaba con la manga las gotas de sudor que perlaban su frente. Había sido un sueño más, otro absurdo sueño como el de la noche anterior. Pensó que el dolor que había experimentado estaba atravesándola hasta el inconsciente, que la mandaba mensajes confusos y cifrados. El autobús paró por completo y las luces auxiliares se encendieron, mientras los pasajeros se levantaban, estirándose después de las diez horas de cansado viaje. Iraila hizo lo propio y desentumeció las articulaciones cuando se puso en pie. Cogió el bolso y comenzó a buscar con la mirada entre las personas que esperaba la llegada en la estación. Maya tenía que estar allí, esperándola, pero no la reconoció entre la gente. El temor a que aquella vieja amiga no hubiera ido a buscarla la puso nerviosa. Se obligó a sí misma a calmarse y recoger, lo primero, las maletas. Luego se preocuparía de encontrar a Maya.
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Foto de "Moyolehuani"
Fragmento de "El Ciclo de las Sombras"

7-10-09
Sonrisa de tragicomedia en los labios rojos,
mágia en los colores de la sombra de ojos
-como las máscaras venecianas interminables líneas
que se retuercen y desaparecen en las mejillas-
silencio en el reflejo sonrojado de los ojos
que enmarcan las iris de marrón templado...
"¿Lloras bajo la sonrisa?"
pregunta, sorprendido
"A veces no se puede enmascarar los sentimientos,
por muchos kilos de mentira sana que quiera poner,
la verdad siempre quedará reflejada en mi mirada"
"Ya no eres la de antes
siempre sonriendo y afable..."
dice, proyectándose a sí mismo
"Perdí la sonrisa, se me fue de bares con el corazón...
por eso ni la una aparece en mis labios
ni el otro me permite el lujo de latir dentro de mi"
Rompiendo el candado (II y fin)
La luz del atardecer iluminaba las viejas estructuras de los edificios romanos del Foro, dándolos un color cercano al dorado.
Lucila paseó entre las piedras, descifró epígrafes incompletos…
- IMP(erator) AVG(ustus)…- murmuraba, mientras entornaba los ojos…
Recorrió el camino que había andado desde el arco del triunfo de Septimio Severo, donde un hindú vendía figuritas más caras que en las tiendas de souvenirs.
Anduvo desde
Callejeando, recordó el restaurante Ivo, donde pidió una mesa para cenar a solas tagliatelle con salsa de salmón.
- ¡Lucila! ¿Come andiamo?
La mujer levantó la mirada, sorprendida, del plato de profiteroles que estaba tomando de postre. Era el mismo camarero que, un año atrás, les había atendido en aquel mismo lugar. Se llamaba Iuliano.
- Andiamo… bene- respondió, insegura, esbozando una sonrisa. Él rió, haciendo que enrojeciera y desviara sus ojos al jarrón que adornaba la mesa, sin saber si había respondido de forma correcta con el italiano chapucero que manejaba.
- Me alegro de verte de nuevo por aquí- dijo, contento.- Pero… ¿y el chico con el que viniste la otra vez?
- Ya no hay chico- murmuró, pinchando en un profiterol, acongojada.
- ¿Y has venido sola a Roma?- preguntó, arqueando una ceja.
- Pues si… tenía que hacer una cosa- respondió. Desde la cocina, llamaron impacientemente a Iuliano.
- Mira, salgo en una hora de aquí… Espérame en el San Calixto y nos tomamos algo, si quieres- sugirió, cogiendo la bandeja de encima de la mesa. Lucila asintió y el camarero volvió a su trabajo.
…
Sentada en la barra, Lucila fue vaciando el vaso de cubalibre. El aspecto del bar era el mismo que podría haber encontrado ella en su ciudad en una tasca donde un abuelo tomaba el carajillo después de comer. En cambio, el Roma, el San Calixto siempre olía a porro y la juventud romana parloteaba alegremente sobre cuestiones intrascendentales.
Mirando a través de las grandes cristaleras, observó cómo Iuliano tropezaba con la maceta de la acera, antes de entrar por la puerta, cojeando levemente de un pie.
- Mi bella Lucila… Gracias por aceptar la invitación.
Ella sonrió, correspondiendo a los dos besos con lo que él la saludó.
…
Amaneció en el hotel, desnuda. Sobre la cama, Iuliano dormía plácidamente. Lucila se vistió y salió a la calle.
…
El puente Milvio estaba esta vez vacío. Se apoyó en la barandilla donde cientos de candados tintinearon. La cogieron por la cintura. Tras el primer asustadizo momento, sonrió tranquila al ver la sonrisa de Iuliano, que portaba un candado con la llave puesta en la mano.
Se abalanzó sobre sus brazos, besándole como hacía tiempo no besaba a una persona. Tomó el objeto de su mano y lo tiró al agua.
- No quiero más candados que luego no pueda quitar de mi alma si las cosas acaban yendo mal…
Al hilo del VIII reto del Foro Nuncajamás
La imagen extraída de google no he encontrado al autor (como tantas otras). Si llegas a este blog, la foto es tuya y te molesta que esté colgada, avísame y la retiro (digo esto porque entiendo que puede ser una imagen con más valor sentimental que otras que pongo y de las que no encuentro "dueño")
Aquella Roma quedaba muy lejos ya.
La gente se había acostumbrado a nombrarles como a una persona, pero lo cierto es que ahora eran dos completamente diferente. Lo cierto es que siempre habían sido dos personas diferentes, pero el resto solo habían visto una.
El altavoz la había llamado a embarque hacía más de diez minutos y ella seguía en el cuarto de baño encerrada, golpeando la cabeza contra la pared.
Suplicándose a sí misma no montar una escena, quitó el cerrojo y salió hacia su avión, que la esperaba. Lucila volvía a aquella ciudad en la que años atrás había sellado su amor con un candado en el puente Milvio. Volvía para arrancar aquel candado con sus iniciales y, si era posible, tirarle al fondo del Tíber y que no volviera a la superficie nunca más… como su amor que, después de haber sido arrastrado hasta la profundidad, había agotado las últimas burbujas de oxígeno hasta morir ahogado en el fondo de los sentimientos.
Una azafata la condujo hasta su asiento, mientras observaba cómo las miradas del resto de pasajeros, por sistema, se clavaban en su nuca por haber provocado el retraso en la salida del vuelo.
…
Al llegar al puente Milvio, a primera hora de la tarde, no pudo evitar que las lágrimas afloraran. Un par de parejas sellaban su amor, como había hecho ella misma un año atrás.
- Ingenuos- murmuró, comenzando a rebuscar entre la maraña de metal que colapsaba el puente. Había buscado en internet la forma de encontrar el dichoso candado y, la mejor respuesta a sus preguntas, fue que sólo conseguiría dar con él si se acordaba del punto exacto donde lo había puesto. Así que fue hasta el centro del puente, rebuscando.
Tardó más de dos horas, pero lo encontró. Se sentó en el suelo y forcejeó con unas horquillas, para lo cual ya se había preparado en casa. Tras unos minutos tensos, en los que su memoria la iba jugando malas pasadas, aflorando los recuerdos, los besos, las promesas… abrió el candado. Se quedó muy quieta, con una sensación en la boca desagradable, como encontrarse con un vello púbico que desafortunadamente hubiera ido a parar hasta los labios. Con un gesto de asco, cerró el candado y lo lanzó con toda su fuerza al agua, ante las miradas sorprendidas de los enamorados en el puente.
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Al hilo del VIII reto del foro Nuncajamás
Pensaba en su padrastro Miguel. Odiaba a aquél tipo de manos grandes que se cerraban en puños con una frecuencia escandalosamente corta. Se cerraba e impactaban en su estómago. Había vomitado tantas comidas que no se acordaba de lo que era un día tranquilo.
Paró el autobús y se montaron varias personas. Un chico de unos veinte años y pinta no muy agraciada se sentó a su vera.
Hoy comería tranquila, que Miguel se marchaba a hacer unos trámites a la capital. Suspiró y esbozó una sonrisa.
- ¿Cómo te llamas?
Miró con desdén al chico que preguntaba. Tenía granos en la cara, se movía intranquilo y ceceaba.
- Ana- contestó, secamente, mirando por la ventanilla.
- Yo me llamo Luis- dijo él, como si no fuera la cosa consigo. Anita miró de reojo.
- Vale.
Volvió a sus pensamientos. Aquella tarde haría los deberes para el lunes llevarlos a clase y que no la echaran la bronca los profesores por descuidada. Ordenaría su cuarto y, después, bajaría a jugar con sus vecinas al patio...
- ¿Cuántos años tienes?- preguntó.
- 12- respondió, concisamente.- Y me bajo en esta parada.
Llamó al timbre y el autobús frenó. Él se levantó hábilmente.
- Yo también.
Salieron del autobús. Anita se encontraba intranquila.
- Adios- murmuró.
- ¡Espera! ¿Qué vives? ¿En la Zona?- preguntó. La joven suspiró y se giró para mirarle.
-Sí.
- Mis abuelos también. Voy a ir a visitarlos. ¡Qué bien! Así te acompaño...
Anita echó a andar, preocupada. A ella no la parecía tan bien que la acompañaran.
- ¿Quiénes son tus abuelos?- preguntó, tratando de tranquilizarse si averiguaba de quién era nieto.
- ¿Vas a los talleres que hace la Asociación de Vecinos? Yo he participado en alguno...
- No, la verdad es que no tengo tiempo- murmuró, sabiendo que la realidad era que no podía ir porque su padrastro no la dejaba.
- Ven, vamos mejor por esta calle.
Anita le siguió, callejoneando por el atajo. Era un camino más corto, entre naves y almacenes, pero él andaba muy despacio.
- ¿Te han besado alguna vez?- preguntó, en voz baja, acercándose a ella.
- No- musitó la joven, acercándose a la pared mientras la cortaba en paso. La cogió por la cintura y trató de besarla en los labios. Anita se separó lo suficiente para notar su boca en la comisura. Se desasió de él y apretó el paso.
- ¿Qué te pasa?- preguntó, extrañado, siguiéndola.
- Que no quiero que me des un beso, que no te conozco de nada- contestó, molesta, entrando en la calle que daba a la puerta de su casa. Echó mano a las llaves, palpitando temeroso el corazón en su pecho, temblando las manos al intentar meter la llave en la cerradura.
- ¿Quieres venir conmigo al cine? Te vengo a buscar a casa- dijo Luis, cerrándola el paso a la puerta. Anita quería llorar pero no debía hacerlo, no debía mostrarse más débil aún de lo que debía estar aparentando en ese momento.
Se abrió la puerta.
- ¡Miguel!- exclamó la joven, con una nota alegre en cada letra del nombre. Luis salió corriendo.
- ¿Quién era ese?- preguntó, con enfado.
- No lo sé, pero me estaba molestando...
- Sube a casa ahora mismo.
Anita notó la palma de su mano en la cara y un picor dolorido que la envolvió. No dijo nada más y subió a casa. Aquel tortazo quizás la había salvado de algo aun peor...
Se levantó de la cama, desnudo y tibio.
Ella quedó temblando, reconociendo el sino.
Entre las sábanas el mundo parecía distinto y se aferró a la almohada. El alcohol que había acompañado a la noche dio paso a la inquietud sobria de la mañana.
- Me voy- dijo, con quietud en cada sílaba.
Cerró la puerta y la habitación quedó vacía. Ella rompió a llorar.
Sabía que no debía haberlo hecho, pero era tal el deseo...
Ella quería que todo volviera a ser como antes, él que no cambiara nada.
Ella quería dibujar corazones en el aire, él volar libre por el mundo.
Ella había contado las horas desde que se marchó de su vera. Él veía los minutos como oportunidades cercanas que no dejar escapar.
El reencuentro en la noche pareció inclinar la balanza hacia las esperanzas de ella, la mañana sombría empujó hacia la decisión de él.
No se habían prometido amor eterno.
Del silencio... los cantares
de la nada... juglares parlanchines
de la incertidumbre... el saber en todo momento
del obtusismo... amplitud de miras
NO
SABEMOS
VIVIR
EN
PAZ
