21-1-10

Porque tu mirada me atormenta
salgo a buscar otros ojos que observar.

Porque tus manos se esconden
salgo a buscar otras manos que acariciar.

Porque tus labios me sonríen sin más
salgo a buscar otros labios que morder.

Porque te tengo delante y me tiembla hasta el alma
porque me miras, me sonríes pero no te mueves del sitio
salgo a la calle y busco
unos ojos altaneros que no prometan amor eterno
unas manos ávidas de caricias a mi cuerpo
unos labios que se contagien de mi frenesí
que sean la puerta de la lascivia,
la puerta de la lujuria que me corroe.
Y que un éxtasis desbocado
me haga olvidar el pasado,
que solo sienta s(t)u boca en mi cuello
s(t)us manos atrapándome como esposas de hierro
y la constante cadencia de las caderas en movimiento...
...y el susurro placentero
de s(t)us labios entreabiertos...
...la respiración entrecortada...
...el sudor sobre nuestros cuerpos...



Alguien dijo amor eterno?
Dependiendo del caso...

Los pasillos de los hospitales son blancos y muy largos. Bueno, no sé si los de todos los hospitales, al menos en este sí. Odio los hospitales, las batas blancas, los goteros, las camas altas con ruedas, el sonido de los monitores que controlan las constantes vitales, el olor raro que se respira...

- ¿Nerea?

No quiero abrir los ojos. A lo mejor me hago la dormida y paso del tema. El corazón me juega una mala pasada y se pone a latir a toda velocidad, alterando el monitor de mis constantes. "No cuela, nenita" dije la voz de mi conciencia, "haz una esfuerzo y habla con él".

Suspiro lo suficientemente suave como para que no se dé cuenta de que estoy suspirando. Creo que soy un poco más absurda según van pasando los minutos de mi vida. Allí está, pegado a la cortina del box. Tomás me mira con expresión asustada. Escucho las voces de Emi y de Jose hablando con el médico. Creo que comentan el hecho de que soy una chica del levante que estudia fuera de casa en este norte frío, por lo que avisar a mi familia sería un poco absurdo. Me centro de nuevo en Tomás y su expresión.

- Hola- musito. Sé que estuvo mal llamarle, pero es lo que me salió hacer. "En el fondo querías que pasara algo así, para que se pronunciara de una vez respecto a ti" canta la vocecilla, con sorna. Sí, había sido cruel llamarle en ese preciso momento. Debería haberlo dejado para más tarde, quizás cuando me hubieran dado el alta...

- ¿Cómo te encuentras?- pregunta, acercándose hasta quedar de pie a mi lado.

- Creo que como un queso gruyere- respondo sonriendo, tratando de quitar hierro al asunto. Él me recoge en un abrazo inesperado. Noto cómo me trata con cuidado, quizás con cariño. Cierro los brazos sobre su espalda poco a poco, sin creérmelo demasiado, no vaya a ser un espejismo. Miro el vial del suero anclado con esparadrapo a la mano y me doy cuenta de lo cerca que he estado de...

- He tenido miedo- susurra en mi oído. Un escalofrío recorre mi espalda y le aprieto un poco más contra mi cuerpo. "Disfruta de este momento, quizás no vuelvas a catarlo" recomienda la vocecilla.

- Yo también- musito, cerrando los ojos. Me besa el pelo y me estremezco. Se aparta lo suficiente para poder perderme en sus ojos verdes. Intento leer en ellos y en la foma en que aprieta los labios, formando una línea discontinua de boca. Quizás ahora puede ser el momento ideal para intentar arrancarle un beso de los labios. Quizás puedo reunir el suficiente valor y, si fracaso, le echaré la culpa al estado de shock. Quizás... "Ataca de una vez" urge la voz. Entrecierro los ojos y me acerco a su boca. El sonido del monitor se pierde en la nada, como todo el resto del hospital, del olor, de las batas blancas, de mis amigos que hablan fuera del box...

- ¿Qué ocurre?

El doctor de urgencias entra a toda pastilla en el box. Tomás se aleja y se lleva consigo sus labios. ¡Solo he podido rozarlos! "Lo tuyo, definitivamente, es la mala suerte..." sentencia la vocecilla, mientras observo al hombre de la bata blanca sonreir jocosamente y comentar que no me vienen bien las alteraciones en estos momento.

A mi no me hace ni puta gracia...

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Para los que hayais leído otros fragmentos de esta historia, he decidido cambiar el nombre a Sergio por Tomás. No me convencía nada. Trataré de cambiarlo en el resto de fragmentos, aunque puede que no sea el nombre definitivo (igual que el propio título de la historia, que sigue siendo provisional)
Ya lo había pensado otras veces. Las chicas cogen taxis para volver a casa por la noche, cuando acaba la fiesta. Pero yo no. Yo soy de ese otro tipo de chicas que prefieren volver a casa andando. No hay mucho camino desde los bares por lo que habitualmente paro hasta mi hogar, así que no creo que sea necesario gastar dinero a lo tonto.

Ya lo había pensado otras veces. ¿Se preocupará Sergio por si he llegado sana y salva a casa? Está claro que no, cuando no me dice "mándame un mensaje cuando llegues".

Puedo parecer aun más estúpida de lo normal, pero me preocupa que nadie se preocupe por mi. Antes sí lo hacían. Mi ex me obligaba a hacerle saber que estaba apaciblemente en mi cama: él se quedaba tranquilo y yo dormía mejor sabiendo que no desvelaba. Ahora tampoco desvelo, pero me duele que nadie se desvele por mí.

A veces pienso "y si ahora me cojen y me violan? Sería tan duro para él..." y me obligo a rectificarme "joder, Nerea, sería duro para tí, porque él no se preocupa por lo que te pueda pasa, no?"

A veces la vocecilla de mi conciencia tiene razón, así que esta vez la obligo a que me mantenga despierta mientras ando por las calles iluminadas por esas dichosas tenues farolas.

Y si le ocurriera algo a él? "Las peores noticias son las que llegan más pronto" me responde la vocecilla "Así que no tienes nada de qué preocuparte".

Noto un golpecito en la espalda y algo puntiagudo que marca mi cazadora a la altura del riñón derecho.

-Dame todo el dinero que tengas- dice una voz quebrada a mi espalda. Me entra el pánico. Mi casa está a apenas cuatro portales de distancia y no hay nadie más en la calle.

- So- solo tengo cuatro euros- musito, llenándose los ojos de lágrimas. "Cuatro puñeteros euros que podrías haberte gastado en un jodido taxi hasta la puerta de casa" gruñe la vocecilla, exaltada.

- Dámelos- urge, hundiendo la navaja en mi abrigo y clavando la punta en mi espalda. Estoy tan nerviosa que ni me duele el filo frío en la carne. Rebusco en el bolso la cartera y se me cae al suelo. Me muevo bruscamente a recogerla, el tipo se asusta y hunde el filo completo en mi carne. Grito de dolor. Él se asusta y sale corriendo en dirección contraria. Recojo la cartera del suelo y observo cómo su cuerpo se difumina en la oscuridad hasta desaparecer de mi vista. Me mareo. Duele la cuchillada.

Saco el móvil del bolsillo y llamo a la policía. Me dicen que me quede quieta, que una patrulla vendrá en menos de cinco minutos y que una ambulancia ya va de camino. Me siento en un portal cualquiera a esperar, mientras noto cómo va circulando la sangre debajo de la ropa. Mi vocecilla ha decidido callarse un rato, así que vuelvo a sacar el teléfono. Un tono, dos tonos...

- Sergio, me acaban de apuñalar por la espalda, una ambulancia viene a recogerme...
10-12-09

Y quedo suspendida en el abismo de la incertidumbre
regodeándome en la desidia de los días maltrechos
por lo que he caminado cargada de pertrechos
que he ido tirando al suelo
-uno tras otro-
hasta quedar liberada de los pesos del mundo
de las horas perdidas
de los besos mal dados
y las caricias prohibidas

El destino es caprichoso y no deja minutos para pensar
así que actuamos por impulsos innatos
-defendibles y defensivos-
que buscan la esencia del éxtasis primario
del placer genuino regodeado en las líneas del cuerpo
y me da por contar cada poro de su piel en mis sueños
por acariciar cada centímetro de esa piel cercana
que se mueve, predecible, en dirección contraria...
24-11-09

Me contorsiono, me tuerzo, me escuezo
me doy vueltas y sigo girando
me obstruyo, me mancho, me quemo
me doy golpes para sentir la realidad
me duelo, me duermo, me muero
me busco entre los pasos de las calles
me pierdo entre las voces que no hablan
me mimetizo en el ardor de mi propio suspiro
me corrompo el pensamiento con ideas absurdas
me acaricio, me toco, me siento
me robo la esperanza porque no me la puedo permitir

Te busco en la rareza del día y solo recuerdo la noche

me callo

me caigo otra vez

suspiro

esta vida no está hecha para mi

...o si?



¿Disfrutas viéndome sufrir? Oh! Debería haberlo imaginado...

Ladeo la cabeza, tratando de evitar su mirada. Quizás ni siquiera habría hecho falta: estoy casi convencida de que él se siente incómodo. Creo que, en este momento, en este caso concreto, vendría muy bien un cuchillo para cortar la tensión a nuestro alrededor...

"Imbécil" dice la voz de mi conciencia "Idiota, ¿no eres capaz de admitir que no quiere nada? Deja de hacerte pajas mentales, como aquella en la que te le tirabas... Mente sucia, depravada, degenerada..."
Sacudo la cabeza, tratando de callar esa vocecilla que no me deja en paz. Le miro de reojo. Sergio sigue la música y esboza una sonrisa mientras mueve ligeramente los labios... Daría tanto por rozarlos... "Otra vez, idiota? Es que no aprendes..." La vocecilla me insulta hasta que la ahogo en otro trago de cerveza. Se me escapa una risita entre dientes por mi victoria imaginaria contra esa puñetera voz.

- ¿De qué te ríes?- pregunta, enarcando una ceja, con expresión de extrañeza y curiosidad. Suspiro. Sus ojos son almendrados y verdes. Le pego otro trago a la cerveza. Su piel es muy suave al tacto. Enciendo un cigarrillo. Sus labios son finos y muy expresivos. Suspiro otra vez. Él espera.
- Bueno, supongo que de algo que acabo de recordar...- musito, evadiendo la pregunta. "Mierda, Nerea, gilipollas! Estás tonta, en serio... Quieres callarte de una jodida vez? No necesita más explicaciones y tu no quieres ahuyentarle" la vocecilla parece más calmada. Es cierto, quizás no necesite más explicaciones, pero soy demasiado sincera. Soy sincera hasta el suicidio colectivo de mis sentimientos.

Debería centrarme sencillamente en el nuevo proyecto. Debería estar pensando en que todavía no me he apuntado al concurso de fotografía y deberia haberlo hecho. Se me acabará el plazo. Pero ahí está, desconcertándome de nuevo. El reino oscuro de las carencias y necesidades se afana en destrozarme interiormente, recordándome cada muy poco tiempo lo que me falta, recordándome que estoy incompleta hasta el absurdo.

- ¿Nerea?
Vuelvo al mundo real y me engancho a sus ojos verdes. Definitivamente, estoy enganchada a la gilipollez en estado puro, a la tontería más profunda. Soy una idiota, como bien me ha dicho mi vocecilla.
- Déjalo, Sergio- musito.- De verdad que no creo que quieras saberlo. Mi cabeza es un mundo ciertamente peculiar y extraño.

Esboza una sonrisa. Seguro que piensa que todas las cabezas tienen lados oscuros como el que ahora me absorve.
Me quedo embobada siguiendo las líneas de los labios mientras se curvan hacia arriba.
Definitivamente, soy patética además de idiota. Suspiro. "Joooodeeer" corea mi conciencia desesperada conmigo, mientras lee en mi parte menos racional lo que pienso de corazón: "hay que ser ciega: nunca me había dado cuenta de lo guapo que es".

Iraila entró, colgando la fina chaqueta que había sacado en el perchero del hall.

- ¿Tu no sales?- curioseó la joven. Él se encogió de hombros.

- Sabía que tendrías que volver y sabía que no encontrarías a nadie en casa, así que preferí quedarme y que no tuvieras que esperar en la calle- contestó, encaminándose a la cocina.- ¿Quieres un café?

- Vale.

- Te queda muy bien ese corte de pelo… estás aun más guapa- dijo.

- Gracias- musitó ella, recordando las palabras de precaución que aquella tarde había pronunciado su amiga.


La joven siguió los pasos de Lorenzo. La cocina era grande y tenía en el centro un fogón multiusos, donde habían colocado taburetes alrededor. Iraila se sentó en uno de ellos, posando el bolso sobre la improvisada mesa.

- ¿Solo? ¿Azúcar?- preguntó, sacando unos vasos.

- Solo y sin azúcar- contestó, escuetamente. Él rió de nuevo y la miró, mientras calentaba la bebida.

- No pareces de ese tipo de personas a quien disgusta un dulce- comentó, con ironía.

- Ah, ¿pues qué tipo de personas toman el café solo y sin azúcar?- preguntó ella, en tono resentido.

Vertió el líquido en los vasos. Vio cómo él añadía en su café un hilo de leche y azúcar. Se volvió y los posó sobre el fogón. Acercó el taburete más próximo a ella y se sentó.

- Bueno, eres joven, seguro que aun no tendrías que tomarte un buen café como si fuera un castigo amargo.

- Me gusta el café amargo… además, tengo intolerancia a la lactosa- dijo, altivamente.- No podría tomarlo con leche ni aunque quisiera.

- ¿Ni un poquito de azúcar para endulzar?

- El mejor azúcar es el que te da la propia vida.


Dio un trago al café, que calentó su garganta. Observó cómo la miraba, ladeando la cabeza, esbozando una sonrisa apetecible. Era un chico guapo, no cabía duda. Tampoco dudaba lo que la había dicho Maya horas antes. Tenía el pelo del color del heno y unos grandes ojos marrones. Lorenzo posó la taza junto a la suya, rozando la mano. Iraila sintió cómo si una fuerza magnética la impulsara hacia él. Tuvo que contenerse. Recordó sus sueños y notó que ese extraño impulso era el mismo. Quizás el chico de sus sueños también era él…


Maya irrumpió en la cocina y todo sentimiento pareció desvanecerse. Miró con desacuerdo la actitud de Loren y con compasión la de su amiga.

3-11-09

Cántame una nana
de esas de cielo y luna
que mecen en la nada...

No quiero mirarme en el espejo para verme ciega
luchando por subir a tientas
las escaleras desiguales hacia el siguiente piso
escalón a escalón
luchando por no perder el control...
Dame distancia y moveré el mundo...

[parece que no tiene sentido pero, teniendo en cuenta que aun eres mi mundo, si me das distancia puede que salga de tu órbita de una maldita vez... así podré vagar por el infinito espacio y, quizás algún día, me acercaré a echar un vistazo a otros planetas...]